Gabriel Yañez Pérez

No fue una sino varias ocasiones en las que, quizá ilusamente, escribí que veía una evolución en la sociedad en cuanto a su madurez electoral. Que me parecía que ahora sí el elector mexicano, despojado de fanatismos y trasnochadas ideologías, estaba empezando a valorar lo que significa el sufragio, y la obligación (no sólo el derecho) que tenemos de hacer un buen uso de él, para contribuir así al fortalecimiento de nuestra democracia.
Sin embargo, después de analizar los resultados de la más reciente jornada electoral, me queda claro que estaba equivocado, que mis apreciaciones sobrevaloraron la cultura política de nuestra sociedad, y que resultaron ser más bien una utópica aspiración personal.
La lección de la elección es que a pesar de todo lo que se ha dicho y hecho, persiste en los mexicanos una especie de cultura apolítica, y hasta un cierto menosprecio por el valor real que representa el sufragio, de tal modo que en la actualidad, con otros actores y en otro escenario, la gente parece seguir como durante la hegemonía priista, con la idea de que la política es una actividad que ni le va ni le viene, dando lo mismo quien gane, ya que como finalmente se repite: “todos los políticos son iguales”.
Lo anterior es una aseveración por demás justificada, no podemos negarlo, sobre todo cuando vemos a esa “nueva” clase política, caer en los mismos vicios de aquellos a quienes tanto criticamos y de quienes tanto nos quejamos. Sin embargo y muy a pesar de ello, no podemos dejarnos vencer y sucumbir ante esa narrativa tan fatalista, porque entonces nos condenaríamos a ser ese pueblo dócil y manipulable, que sólo es tomado en cuenta para legitimar el poder.
Con lo sucedido el pasado 2 de junio, es evidente que el pueblo sabio no reflexionó su voto, ya que sin deparar en la oferta electoral, decidió optar por la comodidad, la indiferencia, la conveniencia y hasta la tendencia. Y es que no encuentro otra forma de justificar como, por ejemplo, hubo casos de candidatos tan grises y de pobre trayectoria que se volvieron a alzar con el triunfo. Por citar dos de los casos más emblemáticos, tenemos el de los diputados federales Fernando García y Olegaria Carrazco, a quienes después de pasar prácticamente inadvertidos en la actual legislatura federal, los electores volvieron a brindarles la confianza para hacerlos ganar nuevamente. Este es el riesgo que conlleva la reelección, misma que en esencia representa una buena alternativa para profesionalizar la actividad política, pero siempre y cuando exista la suficiente madurez en el electorado, capaz de distinguir para premiar o sancionar.
Y así como esos hay muchos otros casos por el estilo. A nivel de las alcaldías por ejemplo, no puede entenderse tampoco el triunfo de personajes como Gildardo Leyva en El fuerte, quien por más que amague a la prensa para que no se hagan públicas sus limitaciones como alcalde, y a pesar de su pésima administración, obtuvo la votación necesaria para estar tres años más al frente de ese municipio.
Quizá donde de plano sí hubiera sido el colmo la reelección, es en el caso de Navolato. Pero aun así, con todo y el pésimo desempeño que demostró en su gestión como alcaldesa, Margoth Urrea arañó el triunfo y a punto estuvo de continuar por tres años más.
EL OCASO DEL MACHISMO.- Después de los resultados de la pasada elección, donde el voto reflexivo fue desplazado por la indiferencia y el clientelismo; hay después de todo un factor que debemos celebrar, y es que a pesar de la ascendencia patriarcal que ha predominado en México como sistema social, en su mayoría fue el voto masculino (56%), el que hizo posible que Claudia Sheinbaum se convirtiera en la primer mujer Presidente de la historia de nuestro país, a pesar incluso de que las mujeres son mayoría en el padrón electoral. Esto es la mejor manera de comprobar (con hechos y no distorsionando el lenguaje) el avance que está teniendo en México la inclusión y la paridad de género.