Gabriel Yañez Pérez

Gabriel Yañez Pérez

En un programa de análisis político, escuché con recelo cómo los panelistas se desgarraban las vestiduras y vaticinaban que de llevarse a cabo la reforma electoral estaríamos en la antesala del fin de la democracia en México. Hay quienes incluso utilizan a modo las encuestas o levantamiento de opiniones ciudadanas (oficiales, de prestigio y apócrifas) en torno a este tema, con el propósito de querer convencer, haciendo temerarias afirmaciones de cómo es que “la gente” (así suelen referirse) quiere o no quiere dicha reforma, claro está, según la postura adoptada por cada quien.


Considero, salvo su mejor opinión amigo(a) lector(a), que tenemos que ser honestos y objetivos sobre este tema. Para empezar, el uso retórico de eso que llaman “la gente” o “el pueblo” , no es sino una entelequia argumentativa usada supuestamente para darle legitimidad a posturas radicales que muchas de las veces recurren al uso de sofismas para tratar de convencer. Esa gente a la que se refieren, es decir, los ciudadanos de a pie, no tienen en su gran mayoría una idea firme, clara y objetiva de todo lo que se contempla reformar a la constitución y a legislaciones secundarias en materia electoral, así como tampoco las implicaciones reales de lo que ello traería consigo. La percepción o idea que como ciudadanos comunes y corrientes tenemos sobre la mentada reforma es muy difusa, porque salvo los flashazos que ha soltado al respecto el Presidente en sus mañaneras, lo que mediáticamente prevalece son posturas radicales de la clase política, empresarial o de organizaciones supuestamente ciudadanas que en lugar de socializar responsablemente el tema, terminan tergiversándolo.


Lo que sí es una realidad incuestionable, es que con la creación del IFE (Instituto Federal Electoral) en 1990, y su transición a INE (Instituto Nacional Electoral) en el 2014, se marcó un hito en la vida democrática de nuestro país, a grado tal que no sólo ha permitido la alternancia en el poder, sino que el modelo organizacional y logístico con el que opera fue retomado como modelo por otros países. Sin embargo, atendiendo precisamente las vicisitudes que le dieron forma a este organismo electoral (mismo que cuenta con plena autonomía, personalidad jurídica y patrimonio propios propios a partir de 1996), podemos entender que al igual que cualquier otro andamiaje creado con el paso de los años para fortalecer la democracia, el INE no debe verse como algo acabado e imperfectible.

Y cómo pretender que así sea si la misma democracia moderna, diferenciada es verdad, pero devenida finalmente de la ateniense, ha sido y será siempre un proceso inacabado que se ha abierto paso a través de tantas luchas ideológicas, sociales y revolucionarias en contra de las monarquías, dictaduras y oligarquías. Así pues, atendiendo las premisas del mismo Aristóteles hace ya más de dos mil trescientos años, podemos colegir que ni la democracia ni mucho menos sus instituciones son en ningún momento un fin en sí mismo, sino más bien un medio o medios perfectibles puestos al servicio de la comunidad humana.


En virtud de lo anterior, nuestra responsabilidad ciudadana nos compele a buscar, desagregar y discernir la información que se ha venido ventilando sobre esta reforma electoral de marras (una más a las ocho que ha habido de 1990 al 2014), a efecto de no caer presa de posturas maniqueístas que alegan, por un lado, que casi todo está mal y hay que hacerle cambios radicales a nuestro sistema político-electoral, y por otra parte la de quienes dicen que todo está perfecto y nada hay que moverle.

En este sentido, considero muy elocuentes y precisas las palabras del Director de Capacitación Electoral y Educación Cívica del propio INE, Roberto Heycher Cardiel, quien en la presentación del informe presentado en el 2020 por ese instituto, declaró: “Brindar información pública de calidad es uno de los aspectos clave para la resiliencia democrática. La divulgación de información socialmente útil contribuye a la creación de un ambiente propicio para el uso de la inteligencia colectiva y la ampliación de los horizontes que se originan de la libre discusión de las ideas”.

Considerando entonces que sí hay mucho que cambiar para mejorar al INE, sobre todo los excesivos gastos y estratosféricos sueldos que erogan, así como la duplicidad normativa y operativa de tener órganos electorales locales por citar sólo dos de los más evidentes; resulta entonces también muy sensata y prudente la postura del partido local PAS, el cual en voz de su líder moral, Héctor Melesio Cuén Ojeda, señaló que no van a participar en la marcha convocada este domingo en defensa del INE, ya que como instituto político, expresó: “ tenemos propuestas en lo que es la reforma electoral, pero son propuestas con 220 mil firmas, hay una que tiene 280 y tantas mil firmas, nosotros no estamos de acuerdo con la desaparición del INE desde luego, nosotros lo que queremos es que mejore en todos los sentidos y tenemos propuestas muy claras”.