Por: Gabriel Yañez Pérez
Si queremos hacer una valoración objetiva del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA), inaugurado ayer por el presidente Andrés Manuel López Obrador, debemos forzosamente dejar de lado cualquier sentimiento o atisbo ideológico que pueda inducirnos al peligroso terreno de los maniqueísmos, el cual se ha ido expandiendo como resultado de la división social que impera actualmente en nuestro país.
Desde la aparición del documental titulado “Una obra del pueblo”, presentado hace escasos cuatros días por el productor Epigmenio Ibarra, hemos sido testigos de una avalancha propagandística diseñada desde el Gobierno de la República para destacar las cualidades y ventajas del AIFA. Las reacciones en torno a esta estrategia mediática no se hicieron esperar, generándose más posturas a favor que en contra, lo que se traduce en un respaldo a la popularidad del Presidente y un descalabro para sus críticos. Dentro de estos últimos, los más damnificados son quizá los partidos de oposición, quienes de cara a las elecciones en seis estados este año, siguen viéndose rebasados, tan es así que sus señalamientos en torno a la inauguración de esta obra no tuvieron mayor resonancia, ni siquiera ante el argumento de una violación a la veda electoral en la que nos encontramos, debido al plebiscito revocatorio del próximo domingo 10 de abril.
En el AIFA, una de las obras emblemáticas del actual Gobierno Federal, lo primero que hay que reconocer es el trabajo realizado por militares mexicanos quienes, más allá de su primigenia misión de defender la soberanía del país, hoy han demostrado su capacidad como una fuerza trasformadora compuesta por profesionistas preparados en las más diversas disciplinas del conocimiento. Esto es algo que muchas veces olvidamos y solemos verles como mujeres y hombres entrenados únicamente para misiones de combate.
La rapidez con la que se logró edificar el AIFA en menos de tres años, nos demostró la importancia que tiene la disciplina castrense, en donde no caben simulaciones, pretextos ni tiempos de ocio. Más allá de los cuestionamientos que han acompañado la edificación de esta monumental obra de ingeniería, como la elevación del costo final originalmente presupuestado, la adquisición de todos los pasivos que implicó cancelar el aeropuerto de Texcoco o el cumplimiento a las condiciones aeronáuticas internacionales, lo que en esta ocasión deseo destacar es son las implicaciones futuras que representa para el ejército el haber cumplido en tiempo y forma con su encomienda. Recordemos que desde el inicio de su mandato, el Presidente López Obrador tomó la decisión de utilizar como su mejor aliado al ejército y a la marina, destinándoles un mayor presupuesto y asignándoles su participación en infinidad de obras como el tren Maya, los bancos del bienestar, hospitales IMSS-Bienestar, libramientos ferroviarios fronterizos, la vigilancia en la construcción de refinerías y la proyección de dos nuevos aeropuertos más, el de Tulum y Palenque.
El día de ayer no sólo representó para AMLO el triunfo de una batalla política sobre sus adversarios, sino que marca el inicio de un nuevo escenario para una posible reconfiguración en la organización del Estado y el régimen democrático de nuestro país. Y es que si bien existe la confianza de que no se asoma riesgo alguno (por el momento) que pueda amenazar la estabilidad y conveniencia de mantener un gobierno civil en nuestro país, lo que no podemos pasar por alto el enorme poder político que el ejército ha venido adquiriendo desde que se le empezaron a asignar tareas de vigilancia policiaca y combate al crimen organizado. Aunado a ello, hoy el ejército y la marina asumen un nuevo papel como administradores de empresas e instituciones públicas como las aduanas, donde la corrupción ha sido el mejor argumento para restarle poder a las autoridades civiles.
Con la entrega del AIFA, el ejército se pone en un carril alterno para apoyar al Gobierno, lo que puede representar grandes beneficios, siempre y cuando se mantengan controladas esas ambiciones de poder que, sin importar si son civiles o militares, estarán siempre vinculadas a la naturaleza del hombre.
Sólo esperamos que nunca el poder militar se adelante en su carril y se trastoque ese nivel de coordinación, armonía y lealtad que el mismo Secretario de la Defensa Nacional, General Luis Cresencio Sandoval, se ha encargado de reiterarnos ultimamente.
“El instituto armando jamás ha buscado, ni buscará protagonismo, porque nuestra esencia es servir a la patria. Es evidente que no buscamos ningún poder porque nuestra razón de ser está alejada de pretensiones políticas o de otro tipo». General Luis Cresencio Sandoval.

