Folclóricamente se llama “chapulineo” a la práctica de políticos, de brincar, sin ningún escrúpulo, de un partido político o grupo a otro, por simple conveniencia personal. En términos más amplios, también se denomina así a la simple costumbre de abandonar un puesto o cargo público recibido electoralmente, para iniciar carrera para competir de nuevo hacia otro cargo que será objeto de elección. Se trata de dejar de cumplir las obligaciones impuestas por una elección ganada, cuando el compromiso real es de completar el término de la elección ganada. Esta práctica en general no incluye el abandono del partido en el cual se ganó el cargo, para continuar en él al buscar una nueva elección.
Pero el chapulineo realmente grave es que un político, que ha ganado una elección postulado como candidato traicione al partido que le llevó al poder, pasando sobre compromisos y principios enarbolados para ganar la elección, y unirse a otro partido, que normalmente será otro que defienda principios diferentes y hasta contrarios a los de la elección ganada.
No hay duda que esta práctica, por simple conveniencia personal, y no por alguna revisión de principios y doctrinas, es contraria a toda moral. Los políticos que abandonan al partido que les hizo ganar una elección, comenten textualmente una traición. Las elecciones, salvo excepciones, las ganan la dupla partido-candidato. Los ciudadanos votan por un candidato porque lo postula cierto partido, a menos que se del caso raro de que ganen la elección como independientes, es decir, sin partido postulante.

Los partidos ponen esfuerzos, recurso de todo tipo, apoyos y dineros, en la presentación de un candidato, que por ser postulado por dicho partido, tiene un compromiso de cumplir con la doctrina, agenda y programa de gobierno o trabajo de dicho partido postulante. La obligación de llevar la vida política tras la elección con el partido que lo lleva a ganar una elección sea o no militante, simpatizante o ciudadano invitado debe verse como un compromiso no negociable. Legalmente ese cambio de partido político, verdadera traición, no está ni prohibido ni sujeto a condición alguna. Pero visto el asunto como moralmente obligatorio, debería serlo también regulado legalmente. Que quien gana una elección en absoluta victoria doble con el partido que lo ha postulado, no pueda, legalmente, abandonarlo por simple y llana conveniencia personal, ajena a cualquier abandono que a su vez el partido le haga también sin justificación alguna.
Es importante destacar que la elección la gana el partido con su candidato, y éste no la gana sin el partido, y por esa doble victoria combinada candidato-partido, conservar la identidad y trabajo común, debería estar legalmente penado que por simple y llana conveniencia del electo, pueda pasarse a los partidos adversarios, en tanto desempeñe el cargo por el plazo legalmente establecido, en general de tres o seis años.

Llevado el tema a la realidad política sinaloense, el PAS y en particular su líder moral, están estos siendo objeto de traiciones, al abandonarles políticos con nombres y apellidos, para ponerse a las órdenes de Morena, sin mayor explicación que un claro interés personal, y por una también clara falta de integridad moral. No se trata de que los (llamémoslos) chapulines abandonen al partido que los llevo a ganar cargos electorales, porque el PAS les haya “fallado”, sino por evidente falta de escrúpulos morales, de olvidarse de a quién le deben la elección anterior ganada y traicionarles, al PAS y a su líder moral Héctor M. Cuen Ojeda.
