Gabriel Yañez Pérez

Gabriel Yañez Pérez

Finalizada la Guerra Fría, se empezó a perfilar un ocaso para los regímenes comunistas, lo que auguraba una expansión del capitalismo como modelo hegemónico y paradigmático; sin embargo, a más de 30 años de distancia de aquellos históricos sucesos que propiciaron el debilitamiento pragmático (no así ideológico) de esa doctrina política, económica y social, surge en América Latina (AL) una nueva corriente que intenta reivindicar sus postulados. Esta ola expansionista sigue ganando posiciones estratégicas y la última de ellas se dio en Colombia con el triunfo del ultraizquierdista Gustavo Petro.

Ante este triunfo de Petro y el muy probable regreso de Luiz Inácio Lula da Silva a la presidencia de Brasil en octubre de este año, se configuraría un nuevo escenario donde, con el respaldo de algunas de las naciones con mayor peso en el PIB (Producto Interno Bruto) de las regiones centro y sur de América, la izquierda moderada podría verse absorbida por una más radical como la que hoy representa la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, una plataforma de integración geopolítica que busca la unión de los países de América Latina y el Caribe, y a la que se le conoce como ALBA. Muestra de ello por ejemplo, es el hecho de que en Chile, Gabriel Boric, su joven (36 años) y recientemente electo presidente, ha empezado a cambiar su discurso y mandar señales que hacen suponer un titubeo sobre su inicial postura de deslinde con respecto a los gobiernos de Cuba y Venezuela.

Y es que en su momento (en la contienda electoral), tanto Gustavo Petro en Colombia, como Gabriel Boric en Chile y ahora con Lula da Silva en Brasil, han enfrentado campañas de desprestigio por la oposición, donde el principal argumento ha sido el riesgo de convertir esas naciones en otra Venezuela. Pero la realidad es que estos ataques no surtieron los efectos deseados, y ese mismo derrotero podría darse en los próximos comicios que se desarrollarán en otras nueve naciones latinoamericanas entre el 2023 y 2024, entre las que se encuentra nuestro país.

Con estos antecedentes, las manidas estrategias de la oposición en México, que parecen replicar las mismas y fallidas campañas de aquellos países, los hace muy predecibles para un mandatario que es experto en el manejo mediático,. Además, la ausencia de una figura aglutinante y de arrastre, hace ver una oposición desarticulada y, por si fuera poco, sin la más mínima autoridad moral por los escándalos de sus dirigentes partidistas. De este modo y ante el creciente dominio electoral que mantiene Morena, cuyo principal motor es la popularidad y aprobación de AMLO, es casi un hecho que en el 2024 los electores les refrenden su confianza, por lo que la incógnita más interesante ya no estará en el resultado electoral, sino en la elección previa de quién será la «corcholata” que sea designada candidato(a).

Dependiendo de en quién recaiga dicha postulación, veremos cuál habrá de ser la postura de México ante la consolidación del bloque bolivariano que avanza en Latinoamérica y que busca cambiar de tajo el modelo neoliberal que, cual receta de cocina para lograr la prosperidad económica, Estados Unidos pretendió venderle al mundo como una panacea, a través de aquel famoso “Consenso de Washington” en los años ochenta y noventa. De ahí que hoy más que nunca, nuestro vecino país está evidenciando ya un cierto desespero en sus estrategias para frenar el crecimiento de la ALBA, por lo que la elección presidencial de México en el 2024 se ha tornado para ellos en un tema de sumo interés, sabedores de lo trascendental que les representa el mantenernos alineados a sus intereses e imposiciones comerciales.

En este escenario, de la consolidación y/o expansionismo que pueda tener la ALBA, dependerá en gran medida el alba con el que los mexicanos podríamos despertar en un futuro cercano, según sea por supuesto la bandera ideológica (moderada o radicalista) que adopte quien resulte vencedor(a) dentro de dos años.