Gabriel Yañez Pérez

En la actualidad, es muy común escuchar expresiones y puntos de vista sobre la igualdad y equidad de género. Por lo tanto, a nadie pueden resultarnos ajenos todos los esfuerzos que se han venido haciendo para logar que este tema transite de la idealización a los hechos. Pero alcanzar la equidad implica ser inclusivo, pues de lo contrario todo queda en la simulación y en un insulso protagonismo.

Hacer el uso de la identidad sexual como parte de libre derecho a la personalidad, implica no sólo un reconocimiento irrestricto a la diversidad, sino que supone igualmente la obligación que todos tenemos de ser inclusivos y tolerantes.

La inclusión de género se ha convertido pues en una bandera de civilidad e integración comunitaria, donde se han derribado dogmas y flexibilizado radicalismos.

Un ejemplo de ello lo estamos viendo con la religión católica, donde su máximo jerarca, el papa Francisco, ha tenido una encomiable postura por modernizar esta doctrina religiosa y evitar caer en la discriminación.

El sumo pontífice ha sido enfático en señalar que la Iglesia católica “está abierta a todos, también a los homosexuales y transexuales, pero que cada uno elige a Dios por su propio camino”.

De esta apertura ideológica que ha estado sosteniendo el papa Francisco, ya mucho se ha dicho y muchos son los debates habidos al respecto. Sin embargo, hay aspectos más bien de forma que han matizado esta apertura religiosa, como el caso del lenguaje inclusivo y sus alteraciones gramaticales. Es así que la iglesia ha mostrado apertura en el tema de la inclusión de género, pero cuidando no caer en alteraciones incorrectas al lenguaje.

Lo anterior es un aliciente, sobre todo para contrarestar esa tendencia que ha estado creciendo, donde en aras de ser incluyentes, se ha tergiversado el lenguaje para tratar de dar cabida a todas les expresiones de género que ahora existen.

Esto ha dado paso a una serie de adecuaciones gramaticales, que al margen de su justificación semántica, han encontrado gran rechazo a nivel fonético, ya que su pronunciación se escucha, por decir lo menos, muy extraña o eufónica.

Y es que al margen de las razones lingüísticas que circulan por todos lados, donde unos defienden y los otros denuestan las novedades del lenguaje inclusivo, lo que considero debe prevalecer al momento de escribir y hablar, es ante todo el sentido común. Incluso ante las nuevas y cada vez más criticadas disposiciones que puedan, en un momento dado, emanar de la misma Real Academia de la Lengua Española (RAE).

¿A qué me refiero con esto?. Pues al hecho de hacer valer esa libertad que nos da el lenguaje para jugar con un estilo propio pero que, sin tergiversar las reglas gramaticales, se le pueda darle mayor coherencia y sentido a lo que decimos o escribimos.

Recordemos cómo es que han surgido casos tan sonados y que tantos argumentos han levantado, muchos de ellos incluso señalados de tener una procedencia apócrifa en las redes sociales. En ellos se ha atentado contra la economía del lenguaje, ya que cuando hacemos uso de gran parte del ahora llamado lenguaje incluyente, lo único que hacemos es extender inútilmente una oración, además de que queda en entredicho la misma argumentación para otro tipo de palabras, pero cuya pronunciación resultaría descontextualizada.

Casos tan conocidos, como aquel (aún en disputa) sobre si es correcto adaptar el género a participios de verbos activos que son excepción, como el de presidente (de presidir), donde sí es correcto decir presidenta. Situación distinta al de palabras como dirigente, paciente, residente, estudiante, cantante y demás, que aún con la misma lógica lingüística, no es válido su uso en femenino, ya sea porque muchos de esos no se comportan propiamente como verbos, o bien por la variación del sufijo “ente”.

En fin, un tema por demás interesante y que da para otras entregas, como también el polémico uso de la “e”, que se quiere normalizar para darle cabida a todes les compañeres del género no binario.