Gabriel Yañez Pérez

En los últimos días, los sinaloenses hemos sido testigos de hechos abominables donde mujeres, niños y hasta bebés han sido golpeados y asesinados. Lo grave aquí es que estos hechos están sucediendo cada vez con mayor frecuencia, por lo que su destino parece ser el mismo que han tenido otros crímenes como los ajustes de cuentas y levantones que, ante la indiferencia social e ineptitud de las autoridades, han ido escalando hasta convertirse en algo “normal”, como en alguna ocasión lo expresara el exgobernador Aguilar Padilla.

La excusa que priva en todos nosotros para aceptar inconscientemente esta distópica realidad, siempre será la falsa creencia (o mejor dicho la esperanza), de que la violencia nunca nos alcanzará ni en lo personal, ni con nuestras familias.

Por eso es que ante cada execrable crimen que sucede, como si fuera un guion a seguir, vemos aparecer reacciones de indignación de parte de la sociedad y de nuestros gobernantes, estos últimos con la misma cantaleta de no escatimar esfuerzos para sancionar y prevenir. Pero la realidad es que las administraciones públicas pasan y ni una cosa u otra hemos visto que sucedan, pues los delitos siguen a la alza y la prevención se enfoca en insulsas campañas, como esos spots pautados en medios que exigen un ¡alto al homicidio!. Sería asombroso saber de alguien que se detuvo de cometer un crimen o de un sicario que dejó de hacer un “encargo”, por el sólo hecho de haber escuchado tales mensajes.

Lo ocurrido la semana pasada en Los Mochis, ha sido un eslabón más en toda esa cadena de parricidios suscitados en el país, donde han perdido la vida muchos menores de edad, quienes más allá de las leyes, deben por naturaleza humana ser el segmento de la población que merecen mayores cuidados y atención.

Que el temperamento suela obnubilar la conciencia y desencadenar la violencia, es hasta cierto punto parte de las debilidades que tenemos como seres humanos; sin embargo, los sentimientos, la prudencia, la sensibilidad y el sentido común que nos distingue como seres con capacidad de raciocinio, son factores que marcan la diferencia entre contenernos o traspasar esa delgada línea del no retorno.

Porque cuando esa línea se cruza, las consecuencias como lo hemos visto son terribles, y por ello es que nunca faltan las voces de indignación de quienes, con su dedo flamígero y un velo de moralidad, condenan enérgicamente los hechos, máxime si entre las víctimas hay menores de edad.

Pero luego… ¿qué sigue?. Darnos quizá por bien servidos que se llegue a la captura al agresor, y despues darle vuelta a la página para volver la cotidianidad, una donde la suma de nuestras partes no conforman el todo, es decir, donde no porque cada quien vuelva a su normalidad, significa que lo hagamos como comunidad. El tejido social ha ido deteriorándose tan profunda y aceleradamente, que la corta memoria social nos ha servido de bálsamo para restañar nuestras preocupaciones, pero hasta el momento la indignación social no ha sido tal como para atrevernos a cambiar las cosas a fondo.

Adjudicarle simplemente a las drogas la responsabilidad de tan atroces crímenes, es como tirar la piedra y esconder la mano, pues mientras nos llenamos la boca argumentando las causas de tan terribles hechos a sus nocivos efectos, por otro lado toleramos y hasta alentamos conductas antisociales, carentes del más mínimo contenido axiológico, y que finalmente son las que están moldeando el carácter y la mentalidad de nuestros niños. Así que no sólo debemos lograr que la indignación social no tenga fecha de caducidad y que la exigencia a las autoridades sea muchísimo más enérgica, sino que quizá más importante aún es el responsabilizarnos de la formación que les estamos dando a nuestros hijos, y no dejar que la tecnología y esas nocivas subculturas (como la del narco), sigan siendo sus nanas y los modelos a seguir.

Lo anterior es algo en lo que tenemos que profundizar, sobre todo cuando no podemos encontrarle sentido a muchas de las cosas que están pasando, como lo que sucedió en Los Mochis, donde la única culpa que pudieron haber tenido esas dos niñas que fueron brutalmente asesinadas, es haber nacido en una sociedad donde la pérdida de valores y un tejido social deshecho, han dado pie a que existan individuos tan dañados, pervertidos, maleados o adictos, como quien en este caso en lugar de protegerlas las asesinó..