A más de un mes de iniciada la pugna entre los dos bandos del crimen organizado, fracciones ambas del Cartel de Sinaloa, no hay día en que los medios y las redes sociales, saturen sus espacios sobre el tema, criticando sobre todo el papel del Estado y su incapacidad para hacerle frente al problema. Esta que es por demás una justa y sustentada percepción social, posee también un sesgo de hipocresía, ya que mientras repudiamos los hechos violentos que están sucediendo, seguimos inconscientemente o no, apologizando muchas de sus causas a través de la música, la indumentaria y el lenguaje.
Y es que si bien por el momento no están operando los centros nocturnos o antros, que es donde principalmente se reproducen hasta el hartazgo las narcocanciones, por todos lados seguimos escuchando ese tipo de música (si es que puede llamársele música) como los “corridos tumbados”, cuyas letras versan casi exclusivamente sobre aspectos del narcotráfico. Esto sucede en las reuniones de vecinos, en el automóvil que circula a nuestro lado y hasta en los negocios que los ponen en sus bocinas a todo volumen.
Lo anterior me da a pensar si como sociedad, los sinaloenses no hemos caído ya en una especie de Síndrome de Estocolmo, ya que estando cautivos y sin poder salir por culpa de quienes se dedican al crimen organizado, solemos expresar empatía y admiración hacia a ellos, ya sea cada vez que escuchamos narcocorridos, o bien cuando nos sumergimos en esa narrativa donde a estos delincuentes se les ve como héroes, llegando al grado de enorgullecernos y presumir su paisanaje. Sobre este síndrome (estocoilmo), hay quienes lo justifican argumentando que éste se da como un mecanismo de defensa o supervivencia de la víctima hacia sus captores; pero en nuestro caso no podríamos ser tan condescendientes para tratar de exculparnos. Y es que más allá de ser un fenómeno transitorio, la “narcocultura” ha adquirido carta de residencia en una sociedad como la sinaloense, donde los intereses del crimen organizado han penetrado todos los estratos sociales.
En este escenario de enajenación y desintegración del tejido social que vivimos, y el cual nos mantiene cautivos y resignados, no hay quien discrepe en que la educación es la única llave que puede liberarnos de este círculo vicioso. Pero cuando se habla de ello, casi siempre se hace en términos genéricos y abstractos, y pocas, muy pocas veces se enlistan acciones precisas a poner en marcha.
Una de esas acciones que bien podrían implementarse con un poco de voluntad política, es tomarle la palabra a la Ley General de Educación, y hacer valer la facultad que poseen las entidades, de incorporar como materia adicional al esquema curricular de educación básica, una asignatura que profundice en aspectos regionales o locales, de modo tal que les permita a los estudiantes la oportunidad de conocer más afondo, todo aquello que realmente representa el narcotráfico y sus nocivas consecuencias, como en este caso sería lo que encierra la narcocultura.
De hecho, en la propuesta de la Nueva Escuela Mexicana, la inclusión de contenidos locales en la currícula escolar, tiene como nunca antes un papel fundamental, ya que con ello se busca fomentar la valoración de la diversidad cultural y promover una actitud crítica en los estudiantes. Con una estrategia de este tipo, se trabajaría en la formación axiológica de los niños y jóvenes, quienes adoptarían criterios para poder discernir y decidir, pero por convicción y no por coacción. Y si la indisponibilidad de tiempo en la jornada escolar normal dificulta esta adición curricular, sería bueno pensar en volver a activar el programa de escuelas de tiempo completo, donde bien se podría encontrar el espacio para su incorporación como una materia más.
Caso contrario lo representan aquellas estrategias restrictivas, como las que han venido implementando algunas entidades, al prohibir la presentación de cantantes de corridos tumbados. Este tipo de decisiones, además de que entran en controversia en cuanto a la libre expresión de ideas y su afectación o no a la moral y al orden público, terminan por ser contraproducentes, ya que dicha prohibición incentiva más el morbo por escuchar ese tipo de música, algo que resulta finalmente inevitable, sobre todo por la omnipresencia del internet y las redes sociales.

